jueves, 22 de marzo de 2012

La Buena Noticia del Reino de Dios

1. Jesús, Maestro
El título más frecuente con el que sus contemporáneos se dirigieron a Jesús fue el de «Maestro». Así le llamaron no sólo sus amigos y discípulos, sino también los escribas, los fariseos y otras personas enfrentadas con él. La palabra original hebrea «rabí», o en arameo «rabbuní» (cf. Jn 20,16), significa literalmente «mi mayor» y era la denominación respetuosa que los discípulos utilizaban para dirigirse a su maestro. Jesús aceptó este título sin problemas: «Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor; y decís bien, porque lo soy» (Jn 13,13).

¿Qué clase de maestro fue Jesús?

En primer lugar, fue un maestro itinerante. A diferencia de los otros rabinos de su tiempo, que enseñaban siempre en un lugar fijo, Jesús recorrió pueblos y ciudades de casi toda Palestina y enseñó a la orilla del lago, desde la barca de Simón, en las plazas, en la ladera de una montaña, en las sinagogas o en el templo de Jerusalén. Es decir, fue a buscar a la gente allí donde vivía o se encontraba.

Fue un maestro para todos. No restringió su enseñanza a un grupo privilegiado de iniciados, sino que se dirigía a todo aquel que quisiera escucharlo. Así le vemos enseñando a grandes multitudes formadas por varones, mujeres y niños; a los jefes religiosos, con los que entabló fuertes discusiones, y, sobre todo, a sus discípulos, a los que dedicó un cuidado especial.

Jesús fue también un maestro profético. Compartió con los antiguos profetas de Israel el compromiso por la justicia en favor del oprimido, el valor para enfrentarse con los poderosos, la aversión hacia la religión inauténtica y formalista, y, al final, también su destino de persecución y muerte. No es extraño, pues, que el pueblo le viera como un profeta (cf. Lc 7,16).

Fue maestro de un estilo de vida. Más que enseñar un credo o una moral, propuso un estilo de vida, un camino, y, en concreto, un camino de transformación. Él mismo se presentó como «camino, verdad y vida» (Jn 14,6). Y los primeros cristianos se referían a sí mismos como seguidores del «camino» (cf. Hch 22,4).

Y, finalmente, fue un maestro que respetó siempre la libertad de sus oyentes, porque predicaba una verdad que hace libres (cf. Jn 8,32). Aunque retaba a la gente a tomar decisiones en respuesta a su enseñanza, siempre respetó su libertad para aceptar o rechazar lo que les decía. Así lo vemos en el episodio final del discurso del pan de vida (cf. Jn 6,60-67) y en el del joven rico (cf. Mt 19,16-22). Jesús llamó, y llama, a entregarnos a él de todo corazón como nuestro Salvador. El don de la fe es suyo. Pero la decisión de la respuesta depende de nosotros.


2. El Reino como soberanía de Dios

Al inicio mismo de su vida pública, Jesús se presenta ante sus contemporáneos como mensajero de un gran acontecimiento que acaba de comenzar: «El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está llegando. Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15). Más que una enseñanza o un cuerpo doctrinal de verdades, estas palabras son como una feliz exclamación, un grito de alegría: «Ya está aquí el Reino de Dios.»

En el Antiguo Testamento Dios había ido prometiendo que llegaría un día en que rescataría al hombre de todas sus esclavitudes y restauraría su plena dignidad y dicha. Este designio de salvación resuena con admirable fuerza en los escritos del profeta Isaías, quien dibuja una grandiosa intervención de Dios en la historia para liberar a los hombres y guiarlos hacia su definitiva plenitud (cf. Is 35,1-10; 40,9-11; 52,7-10; 61,1-4).

Pues bien, lo que anuncia Jesús es que la gran promesa de Dios comienza ya a cumplirse, que Dios viene para reinar de manera nueva y definitiva, y para abrir un camino seguro hacia la plenitud. Y que esto sucede precisamente a través de él. ¿Qué significa para Jesús este Reino, o mejor, Reinado de Dios? La verdad es que no nos da una respuesta sencilla a esta cuestión. Es un acontecimiento tan rico que necesitamos leer todo el Evangelio para comprenderlo. Podemos describirlo con unas cuantas afirmaciones:
  1. El Reino de Dios es una fiesta. Dios ha creado al hombre para ser feliz y por eso el hombre se pasa la vida añorando esa felicidad. El Reino es la realización perfecta de esa aspiración. Es como un gran banquete en el que quedan saciadas todas las necesidades y donde se experimenta la alegría profunda del amor y de la compañía. De ahí que su llegada sea una Buena Noticia, la mejor noticia para el hombre.

  2. El Reino de Dios es una gracia. No es fruto de nuestros esfuerzos, no lo podemos planificar, organizar y construir con nuestras fuerzas, sino que es un regalo, un don que se nos ofrece gratuitamente. Por eso Jesús nos invita a pedirlo: «Venga a nosotros tu reino.» Y es que, en definitiva, se trata de la presencia activa del amor y de la misericordia de Dios que nos viene al encuentro. Es como una semilla nueva que alguien siembra en nuestra tierra, o como un tesoro con el que nos encontramos inesperadamente.

  3. El Reino de Dios es una fuerza transformadora, es decir, algo que cambia al hombre desde dentro, sanando todas sus enfermedades y liberando todas sus posibilidades. Es como un poco de levadura que transforma toda la masa y hace un hombre nuevo.

  4. El Reino de Dios es una nueva forma de vivir y de comportarse, porque afecta a las cuatro relaciones que constituyen al hombre y las transforma:
    - la relación con Dios, a quien descubre como Padre;
    - la relación conmigo mismo, a quien me descubre como hijo;
    - la relación con los otros, que se convierten en mis hermanos;
    - la relación con las cosas, que de ídolos pasan a ser dones de Dios para mi utilidad.
    Es como la nueva situación vital que estrena el hijo pródigo después de haberse encontrado con el amor y el perdón gratuito de su padre.

  5. El Reino de Dios es un proceso de crecimiento. Ciertamente este Reino sólo se realizará de forma plena y definitiva en la otra vida, en el «más allá». Pero es algo que ya ha comenzado, que ya está en marcha entre nosotros (cf. Mt 12,28). Y ha comenzado como algo humilde y escondido que va desarrollándose sin parar, hasta llevar al hombre a la plenitud definitiva que Dios tiene pensada para él. Es como una pequeña semilla de mostaza que acaba convirtiéndose en un árbol gigante.

  6. El Reino de Dios es una civilización del amor, porque no sólo cambia a las personas individualmente consideradas, sino que crea también una nueva sociedad que, por aceptar la soberanía del amor de Dios, es una sociedad de hombres libres, pacíficos, compasivos, una sociedad que protege y ayuda a los desvalidos, a los humildes y a los pobres. Es como un gran banquete al que se invita a todos sin ninguna discriminación, y, sobre todo, a los pobres y desvalidos que andan por los caminos, para que todos convivan con alegría.

3. Las parábolas del Reino

Al intentar explicar el Reino de Dios, hemos utilizado algunas comparaciones. Y todos nos hemos dado cuenta de que estas comparaciones las propuso el mismo Jesús. En efecto, Jesús no hizo grandes y complicados discursos, sino que recurrió al uso de lo que él mismo llamó «parábolas» para explicarnos el Reino de Dios. Los evangelios nos han transmitido unas cuarenta; y hay que decir que constituyen la forma más característica de hablar de Jesús.

Las parábolas son comparaciones o relatos breves sacados de la vida de cada día, que, a primera vista, parecen totalmente inofensivos. Al escucharlos, el oyente entra confiado en ellos. Pero, cuando está dentro y ha tomado parte, salta de pronto un interrogante y el oyente, por poco sincero y avispado que sea, se ve literalmente atrapado, se da cuenta de que esa historia va dirigida a él y le obliga a definirse. Jesús utilizó este lenguaje porque quería llegar al mayor número posible de oyentes, hasta los más sencillos. Pero también para hacernos caer en la cuenta de que el Reino tenía que ver con la vida de cada día; más aún, que se realizaba en la vida misma.

Para poder entenderlas y adentrarnos así en el núcleo de la predicación de Jesús, hemos de tener en cuenta tres cosas:
  1. Toda parábola tiene sólo un centro de atención. Aunque sea larga y llena de detalles, todo gira en torno a un único mensaje central. Por tanto, no hay que intentar ver el significado de cada detalle, sino preguntarse: «¿Qué idea principal me quiere comunicar esta parábola

  2. Todas las parábolas son anuncios de la llegada del Reino de Dios e intentan hacernos comprender algún aspecto o cualidad de este Reino. Por eso, al leerlas, tenemos que preguntarnos: «¿Qué me dice esta parábola acerca del Reino de Dios

  3. Las parábolas pretenden provocar una reacción ante la llegada del Reino. Y por eso hemos de preguntarnos también: ¿Qué respuesta espera de mí
Hay que reconocer que las parábolas del Evangelio, a fuerza de oírlas, han perdido gran parte de su fuerza: nos suenan demasiado. Además, la parábola no es un modo de hablar usual en nuestra cultura y, como consecuencia, nos resultan un poco distantes. Hemos de hacer un esfuerzo para recuperarlas, leyéndolas una y otra vez, meditándolas, dejándonos interpelar por ellas. Si, con toda honradez y sinceridad, dejamos que las parábolas entren en nuestra vida, nos irán descubriendo un montón de cosas extraordinariamente importantes. Porque son las cosas que Dios quiere decirnos para que nuestra vida vaya cambiando según su amor y su proyecto.


4. Los milagros, signos del Reino

Jesús realizó numerosos milagros y prodigios. Los evangelios nos narran tres resurrecciones de muertos, múltiples curaciones, expulsiones de demonios y milagros sobre la naturaleza como la multiplicación de los panes, la tempestad calmada o la maldición de la higuera.

Hay que decir enseguida que los milagros de Jesús no son actos de magia para asombrar a la gente y ganar notoriedad. Jesús rechazó la tentación de llevar a cabo su misión mesiánica con prodigios espectaculares (cf. Mt 4,1-11). Por eso le molestaba pasar por milagrero y se quejaba de que la gente buscara solamente prodigios (cf. Mc 8,12; Mt 12,39; Lc 11,29).

Por otra parte, aunque los milagros descubren la extraordinaria sensibilidad y compasión de Jesús hacia la humanidad doliente, tampoco se trata de que Jesús quisiera librarnos de todo el mal físico y de la muerte. Aunque resucitó a algunos muertos, son muy pocos y, además, volvieron a morir; y lo mismo ocurre con los enfermos. Dios, y por tanto Jesús, no ha querido librarnos de momento de los procesos determinados por las leyes de la naturaleza, que él mismo ha establecido. ¿Qué finalidad tenían pues los milagros obrados por Jesús?

Si leemos con atención los evangelios, descubriremos que los milagros están íntimamente relacionados con la predicación de Jesús: «Jesús recorría todas las ciudades y pueblos…, proclamando la buena nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35). Y es que los milagros forman parte de la proclamación del Reino. Jesús anuncia este Reino no sólo con palabras, sino también con hechos. Los milagros son signo de que ese acontecimiento poderoso y transformador que es el Reino está ya realizándose entre los hombres: «Si yo expulso a los demonios por el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20). Los milagros sobre la naturaleza están señalando que es el Creador y Señor del mundo el que está actuando; las curaciones nos indican que han llegado ya los tiempos mesiánicos y que la fuerza salvadora de Dios ha irrumpido en el mundo (cf. Mt 11,5).

Pero los milagros no sólo demuestran que el Reino ha llegado, sino que ilustran algunos aspectos y características del mismo, ya que se convierten en signos que apuntan a un significado más profundo. Así, la curación de un ciego o de un sordo nos invita a abrir nuestros ojos o nuestros oídos para descubrir la salvación que nos viene en Cristo. Las curaciones realizadas en sábado nos enseñan cuál debe ser la postura del cristiano ante la antigua Ley. Los milagros realizados a personas no judías destacan el carácter universal de la salvación. Y, en definitiva, cuando Jesús libera a algunos hombres de males como el hambre, la injusticia, la enfermedad o la muerte, quiere hacernos ver que él ha venido para liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el mayor obstáculo a su vocación de hijos de Dios y la causa de todas las servidumbres humanas.

Hay además en los milagros de Jesús otro aspecto que no podemos olvidar. El hecho de que curen el cuerpo y apunten al mismo tiempo a una restauración del espíritu humano, nos hace ver que Jesús es portador de una salvación integral, que afecta a todo el hombre. Aunque de momento esta salvación no haya eliminado aún ni el sufrimiento físico ni la muerte, está actuando ya ahora sobre nuestro cuerpo y llegará un día en que lo convertirá en cuerpo glorioso e inmortal.

Otro elemento a destacar es que Jesús, antes de curar, pide al enfermo fe. Nosotros tendemos más bien a pensar que los milagros son pruebas que llevan a la fe. Pero resulta que muchos de los que vieron los milagros de Jesús no creyeron en él. Más bien ocurre lo contrario: los milagros sólo pueden ser comprendidos por aquellos que, de antemano, tienen fe, y, entonces, la fortalecen y potencian.

Una última cuestión: ¿se han acabado los milagros? Ciertamente la vida terrena de Jesús, como primera irrupción del Reino de Dios en la humanidad, fue una etapa única, en la que hizo falta una riqueza especial de signos para hacernos ver que Dios nos estaba visitando y salvando. Pero Jesús encargó a sus discípulos que siguieran haciendo presente el Reino con palabras y con obras, como lo hizo él. Es decir, ahora Jesús sigue proclamando y realizando el Reino a través de sus discípulos; y también ahora necesita signos. ¿Cuáles son los signos actuales del Reino? En primer lugar los milagros en sentido estricto, que Dios no deja de realizar cuando y como quiere. Pero, además, hay otros signos sensibles a través de los cuales el hombre es liberado del mal para poder servir al Señor: son los sacramentos, acciones del Señor Resucitado a través de su Iglesia. Y otro signo muy importante del Reino es la conducta personal y comunitaria de los cristianos: la fraternidad, el servicio a los demás, la alegría, la entrega de la vida por Cristo…; son prodigios que Jesús sigue realizando y que alertan a los hombres sobre la presencia de la acción salvadora de Dios.

5. Convertirse al amor

El anuncio del Reino obliga al hombre a tener que decidirse a favor o en contra; es una oferta que desafía su libertad. Y la aceptación del Reino recibe el nombre de «conversión», como lo oímos en las primeras palabras de Jesús: «… el Reino de Dios está llegando. Convertíos y creed la buena nueva» (Mc 1,15). ¿En qué consiste la conversión?

Si hemos dicho que el Reino es una nueva manera de vivir y de comportarse, la conversión significará cambiar el modo de pensar, de vivir y de actuar. Es una reorientación de toda la vida, en la que podemos distinguir un momento positivo y otro negativo. Es como si alguien se diera cuenta de que está marchando por un camino equivocado. Primero tendría que desandar el camino falso y después comenzar a andar por el verdadero.

El momento negativo es el arrepentimiento de los pecados: reconocer que mi vida estaba hasta ahora equivocada y renunciar a los falsos ídolos. Y el positivo consiste en creer en el amor del Padre que se manifiesta en Jesús, asumir la voluntad de Dios por encima de todo y aceptar vivir como hijo de Dios y hermano entre hermanos.

Es decir, lo que nos pide el Evangelio es que nos convirtamos al amor. Ésta es la exigencia fundamental del cristiano. Todo lo demás (sacramentos, oraciones, obligaciones y preceptos) sirve en tanto en cuanto nos ayuda a amar mejor. Y la razón es clara: Dios es amor. Por amor el Hijo de Dios se encarnó, se hizo uno de nosotros y murió.

Amar es para Jesús una moneda con dos caras. La primera es el amor a Dios, un amor que debe movilizar a la persona entera con todas sus capacidades: el corazón, el alma, la mente, todas las fuerzas. La segunda es el amor al prójimo en la misma medida en que me amo a mí mismo (cf. Mc 12,28-34), según la regla de oro formulada por Jesús: «Todo cuanto quisiereis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo vosotros con ellos» (Mt 7,12).

Y lo más importante para Jesús es que ambas cosas no se pueden separar. La única manera de verificar si el amor a Dios es auténtico es ver cómo amamos a los demás. Como dice San Juan: «Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4,20).

Este amor ha de ser universal: a todo hombre, incluso a mis enemigos (cf. Lc 6,27-35). Porque mi prójimo no es el que yo elijo, sino todo aquel que la Providencia me coloca delante, como explicó Jesús en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37). Y los primeros que Dios me coloca delante son mis hermanos en la fe. El amor mutuo entre sus discípulos es para Jesús la primera exigencia y el distintivo: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,3-35).

La novedad de este mandamiento reside en el «como yo os he amado». Porque la palabra «amor» está muy usada y desgastada. Para recuperar el sentido con que la emplea Jesús, no hay más remedio que fijarnos en su testimonio:
  1. Jesús ama a todos los hombres, y no sólo a los de su casa, religión o familia.
  2. Jesús ama incondicionalmente, sin pedir nada a cambio. Y por eso ama también a sus enemigos, a los que le hacen mal.
  3. Jesús ama hasta el extremo, es decir, hasta el límite de sus posibilidades humanas, hasta dar su vida.
Miguel Payá Andrés, "Discípulos de Jesús"






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